Manzanas para el Monstruo del Lago Orta

Hace un tiempo atrás, a principios del siglo 21, Chiara decidió pasar una temporada de vacaciones en Pettenasco, al lado del hermoso Lago Orta en Italia.

La hermosa vista a este cuerpo acuático rodeado de montañas y decorado por la tradicional arquitectura italiana del medioevo, es digna de una infinita cantidad de suspiros. Y sí que los recibe a diario.

Un día, luego de una caminata por la montaña y de una visita a una hermosa cascada cerca de Agrano, decidió que el momento de nadar en el lago había llegado. El calor tradicional italiano del mes de julio ya había llegado y su cuerpo exigía refrescarse lo más pronto posible en esas aguas que había ya disfrutado con su vista por un par de días.

La caminata hasta el lago fue de unos 15 minutos, y a pesar de que eran las 9:00 de la noche el sol no parecía tener intenciones de ocultarse próximamente.

Chiara había viajado con dos amigas más, con intenciones de un Eurotrip femenino. Italia era el último destino después de haber recorrido en tren Portugal, España, Francia y Suiza, antes de retornar a Venezuela, donde residen actualmente. Con familia de origen italiano Chiara es Clara en español e Italia era el único país en dónde no tenía que explicar cómo se pronuncia correctamente su nombre  (“no es con ch, sino con ka”, diría por enésima vez, colocando sus ojos en blanco). Era algo que le brindaba una extraña sensación de tranquilidad y paz.

A pesar de amar con locura a sus amigas, luego de tres meses sin privacidad casi 24/7, el paseo al Lago Orta era algo que debía hacer sin compañía. Y así fue.

Una vez a las orillas del lago, se quedó sólo con el traje de baño y se metió en sus frías aguas. Transparentes y dulces, pero oscuras por lo hondo a apenas 6 metros de la orilla. “Creepy”, pensó.

Tras un rápido baño de unos 10 minutos llegó el momento de acostarse en la grama y comer una merienda. Tenía manzanas amarillas, sus favoritas, y un sándwich de jamón y queso con mayonesa. El sándwich desapareció primero, y la primera manzana después. La segunda y última quedaría para más tarde, sólo que no sería para ella.

En ese momento le pareció ver algo con la esquina de su ojo izquierdo mientras miraba el atardecer en el lago. Pero, es como nos sucede a todos: nos convencemos que es producto de nuestra imaginación. Sólo que también sabemos que nunca lo es.

Y lo volvió a ver, sólo que ya no con el borde del ojo sino de frente. No sabía si era una culebra, un dragón (ok, eso no existe, así que no) o una ballena (¿hay ballenas en el Lago Orta?).

El reptil se acercó hacia la orilla en donde se encontraba Chiara y se detuvo frente al cuerpo congelado por terror de la chica, a algunos metros de diatancia. Tenía cuerpo como el de una foca gigante, de unos 9 metros de largo y 2 y medio de ancho y un largo cuello como el de una jirafa que le daba un aspecto de dinosaurio acuático. Era todo negro.

“Ciao”, dijo el reptil, “mi chiamo Orty e sono il monstruo del Lago D’Orta”. Obvio. Si el monstruo está en Italia, debe hablar italiano. “So che hai una mela con te e adesso ho abbastanza fame…”.

Básicamente el monstruo se presentó como Orty y le pidió a Chiara la última manzana que le quedaba porque tenía hambre. Quién iba a pensar que estos animales comiesen fruta, pero al final qué tanto sabe uno de las costumbres culinarias de monstruos marinos fantásticos. Ah, e italianos.

Confundida y llena de terror, Chiara reaccionó tras casi un minuto y, comprendiendo el italiano, se acercó a la orilla y le tendió la mano con la manzana a Orty, el cual nadó para tomarla.

“Gracias”, dijo en italiano el monstruo marino, “te conceder ahora tres deseos”. Chiara pensó: “ah ahora no sólo habla sino que es un genio también…”.

“Bueno, está bien”, respondió Chiara dudosamente, “¿puedo pedir lo que yo quiera?”. Y Orty asintió.

Chiara pidió dinero, obviamente. Con esta situación en Venezuela de escasez y viajando sin cupo Cadivi, el dinero resolvería muchas cosas. En el acto apareció en sus manos los datos de una cuenta bancaria en Suiza llena de

dólares, suficientes como para vivir varias vidas seguidas.

Pidió belleza y también aparecieron en sus manos los datos para la consulta con un cirujano plástico, suscripción de por vida a un spa y un vale para comprar maquillaje del bueno por $50.000.

“¿Y de tercero qué quieres?”, preguntó Orty. Qué difícil esto de desear… “Quiero vivir para siempre”, dijo Chiara. Y así fue.

Hoy dicen que en la isla San Giulio, que se encuentra en el Lago Orta, se escuchan llantos en las noches. Este terreno pertenecía antes a un monasterio y se podía visitar con un bote a modo de turismo. Se dice que un magnate compró la isla alrededor de 2020 y acondicionó el lugar con los más grandes lujos y comodidades que puedas imaginar.

A veces dicen que se puede ver en las ventanas a la mujer más bella que jamás hayas conocido. Pero, claro, siempre es con el rabito del ojo, por lo que no sabes si es de verdad o no. Seguro, fue tu imaginación.

Ermelinda Maglione

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